Y no hablo de citas de dos, de encuentros con amigos, la cena familiar o esas charlas nocturnas entre vecinos ansiosos de algun soplo de aire fresco en el verano. ¿Quién lo discute? Los humanos y, especialmente, los cubanos, estamos hechos para vivir en sociedad.
Hablo de esos encuentros formales y periódicos, con orden del día, acta y pase de lista, a los cuales asistimos, bien porque nos toca o nos llevan: muchos, cuando niños, el ir al trabajo de mamá o papá a cualquier reunión ha quedado anotado en el registro de salidas y paseos.
Tanto se ha dicho y escrito en todos los tonos -desde la crítica serena o la sutil ironía, hasta la burla implacable o la más feroz diatriba- acerca de las reuniones o, más bien, del exceso de ellas, que volver al tema es como llover sobre mojado.
