![]() |
| Los camareros disfrutan del «merecido» descanso que les propició la lluvia |
Por: Jorge David Lee, publicado en CubaSí
Recientemente fui testigo de un extraño suceso acaecido en la heladería Coppelia, en La Habana. Por supuesto, lo ocurrido nada tiene que ver ni con las medias bolas ni con los clientes VIP que trafican tinas en mochilas. Eso, ya se sabe, no es noticia.
Lo ocurrido tiene que ver con el maltrato. ¡Vaya, periodista —dirán ustedes—, invéntese otro cuento, que el maltrato es el pan nuestro de la gastronomía! Y no es menos cierto, pero esta es la historia de alguien que reaccionó contra ese mal que los cubanos, de tan común, ya consideran parte inherente a los servicios.
Pero no doy más rodeos. El pasado miércoles, después de salir del trabajo, decidí refrescarme en la conocida «catedral del helado» habanera. Era una calurosa tarde de septiembre, el cielo se había nublado y los truenos anunciaban un torrencial aguacero.
Curiosamente, había chocolate ¡sin cola!, por lo que entré, sin porteros que me impidieran la marcha, como Pedro por mi casa, y me senté en una mesa junto a una hermosa mujer de unos cuarenta años. Curiosamente, también enseguida, una camarera se acercó para hacernos el pedido. Yo pedí dos ensaladas y la mujer que estaba junto a mí pidió diez.
—Es para llevarle a los niños, dijo muy seria mientras extraía un pozuelo de su cartera.
Dicho esto, estalló por fin uno de esos aguaceros rotundos. No había por qué preocuparse; a diferencia de otros tiempos, el salón Tropical, que así se llama la cancha donde estaba, contaba con unos toldos rojos que impedían que los usuarios se mojaran.
No obstante, nada más cayeron las primeras gotas, la camarera que nos había hecho el pedido le gritó al portero:
—No me dejes pasar a más nadie.
Supongo que no vio que en el medio de la cancha había quedado de pie, portafolio en mano, un hombre de unos 80 años de edad, porque cuando el anciano pidió que le indicaran dónde sentarse, otra de las camareras le dijo:
—Abuelo, aquí está cerrao ya. Vaya para la barra o para la torre.
El anciano, que por lo visto no quería mojarse, permaneció de pie, ante la indiferencia de las camareras y del resto de los comensales, en medio de la cancha esquivando las gotas que caían del borde de los toldos.












